Faltan solamente
Para el Viernes de Dolores

martes, 19 de marzo de 2013


                          
   A  SOLA S CON ELLA

Mi amigo me contó que regresaba de Sevilla donde la habían sometido a una restauración, y que el resultado era espléndido. No se si fue por mi afición compulsiva a fotografiar las "cosas" de Cádiz o por simple curiosidad, lo cierto es que, abusando de su amistad generosa, le pedí que me permitiera fotografiarla para tenerla en mis archivos. Y me citó temprano aquella tarde cuando su capilla todavía estaba cerrada al culto. Pertrechado de los "avíos" fotográficos y con una ansiedad creciente subimos por una escalera angosta que nos llevó a su camerino. Y allí estaba ella, desprovista de su corona de reina ,cubría su cabello con una sencilla mantilla negra que le daba un aspecto casi real, casi humano. Entramos en aquel estrecho espacio para que hiciese mi trabajo y era tanta mi preocupación por ajustar el equipo, medir las luces y escoger los diafragmas adecuados, que no me di cuenta que mi amigo, respetando la intimidad de ese momento, me había dejado a solas con ella.
¿ Y como lo explico ?. Cuando me percaté de mi soledad ante ella, sentí una tremenda timidez, como si me encontrase ante todas las mujeres del mundo, como aquel niño que fui, aquel que de la mano de mi padre, a las puertas de San Lorenzo, mi barrio, escuchaba aquella frase que me repetía todos los años:" Mira hijo, la Virgen mas guapa de Cádiz". En aquel silencio amable , mientras que la cámara temblaba en mis manos, busqué los ángulos y las tomas más diversas, pero en cada una de ellas resultaba diferente. Su rostro se manifestaba cambiante con cada fotográma y en ellos yo captaba una  belleza distinta. Pero en todos pude vislumbrar la angustia eterna, como si sintiera un dolor inmenso , no por el hijo sacrificado, sino por todos los hombres, por todos sus hijos.
¿Puede ser el dolor hermoso?, ?Puede resultar atrayente la pena infinita?. No lo se, lo cierto es que ese rostro doliente, esas manos entrelazadas en ese gesto de pena profunda, me atraparon y me llevaron a sentir una sensación mística hasta ese momento desconocida para mi.
Vivo en la soledad constante del agnóstico, sin el consuelo reconfortante del que tiene fe, en el desasosiego del hombre incrédulo, pero ahora, cuando acuden a mi los fantasmas del miedo, cuando espero en la madrugada temeroso el nacimiento de un nieto, o presiento el fantasma de la enfermedad traicionera, rebusco en los archivos de mi memoria el rostro hermoso  de esa bondad doliente que es ella .  Y os puedo asegurar que me invade una paz y un consuelo infinito al recordar aquella tarde en que estuve tan cerca y a solas con ella. A veces, cuando vagabundeo errático por la ciudad, sin saber porqué dirijo mis pasos hasta su capilla y la visito por volver a sentir su presencia reconfortante y al verla me digo siempre:" Dolores, la del dolor hermoso, la Virgen más guapa de Cádiz".

                                                                                                                  JUAN MARTIN BEARDO

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